Destruyen cámaras de seguridad con armas de fuego en Mejicanos. Conoce el por qué

El municipio de Mejicanos se encuentra incluido dentro del Plan El Salvador Seguro pues se ha considerado uno de las zonas con mas indice delincuencial y donde se cometen hechos de violencia.

Para poder seguir con su accionar delincuencial, los delincuentes decidieron destruir cámaras de seguridad con armas de fuego en horas de la noche- madrugada.

El hecho ocurrió cerca del Hospital Nacional de la colonia Zacamil, en el municipio de Mejicanos.

A raíz de este suceso, la PNC realizó un fuerte dispositivo en la zona para dar con los hechores de esto, pero hasta el momento no se han reportado capturas por el hecho delincuencial.

Los lugareños informaron que el accionar de los delincuentes es continuo y no es la primera vez que dañan las cámaras de seguridad que la alcaldía ha colocado en diferentes zonas.

El operar de los delincuentes es tal que siempre buscan la forma de no ser descubiertos y donde no hayan pruebas de los hechos delictivos que cometen en la zona.

Un accionar que no es extraño para los habitantes de la zona y las personas que transitan a diario por esa zona.

A finales del 2017 se hizo publico un caso que indigno y causo temor en los transeúntes de la calle de la colonia Zacamil.

Publicación del periódico digital http://cronio.sv demuestra como es el accionar de los delincuentes en la zona y deja al descubierto la fragilidad del sistema de seguridad y vigilancias en diferentes puntos.

Un hombre cuenta su cruel vivencia y la impotencia que sintió en el momento que fue amenazado por estos grupos delincuenciales que operan en la zona y que siguen a sus anchas haciendo de las suyas.

El joven, estudiante de la Universidad de El Salvador relata como en el momento que se conducía a la UES fue raptado por supuestos «vendedores» que se encuentran en los alrededores del centro comercial de la Zacamil.

«De repente, escucho que abren la puerta del pasajero y justo a mi lado se sienta un tipo joven. No lo reconozco, no sé quién es. «¡Movete, hijueputa… movete!», me grita el sujeto y mi corazón salta de susto», relató en ese momento el sujeto a dicho medio digital.

A punta de pistola que fue puesta en su cabeza es amenazado de no hacer escándalo y permanecer quieto

«El sujeto me grita con más fuerza: «Que te movás hijueputa, movete… dale despacio. Dale recto. Cruza aquí, a la izquierda, y seguí la calle», rememoró.

Momentos que según dijo su mundo cae en pedazos_ «Sigo avanzando y de repente salen varios sujetos de una puerta de lámina. Son pandilleros. El intruso armado me ordena que me detenga y varios de sus cómplices entran a mi vehículo. Me hacen pasar al asiento de atrás.

Es aquí donde caben esos cuestionamientos: . Pero qué pasa con la seguridad en la zona?, ¿Saben las autoridades sobre este caso? ¿qué medidas se han tomado para que no hayan más víctimas?. ¿Cómo bien dicen nadie supo?, ¿Qué pasa en la zona?,

Aquí parte de esa vivencia que experimentó el joven que no se le desea ni al peor amigo:

«Como animales de rapiña me comienzan a quitar todas las prendas. Esto se va a poner peor y me digo: “Dios mío, en qué lugar me he metido. Padre Mío, ¿qué me está pasando?”.

“A unos metros está la calle de la Zacamil, el centro comercial, el mercado, la policía… ¿por qué me está pasando esto?”, me pregunto.

Ya en el asiento de atrás, los sujetos se paran en mí. “Cero gritos hijueputa. Estás en manos del barrio, vos ya no decidís perro”, me gritan.

Escucho que uno de ellos habla por teléfono y dice: “Aquí vamos con una presa perro. Prepárense para todo”.

Siento que apenas respiro, mientras los pandilleros me dan más patadas. Estamos en la misma calle, no hemos salido. Siento que se han estacionado. El sujeto que lleva el carro no puede manejar bien.

Escucho que saludan a más delincuentes y se ríen de mí. “No entiendo qué pasa. ¿Qué es lo que viene?”.

“No nos mirés, bajate, bajate… ¡ya, pero ya!”, me ordena uno de ellos.

Me agarran de la camisa y me llevan a un pasaje. De un empujón entro a una casa de láminas y me tiran al suelo. Uno de los que está conmigo me comienza a preguntar las claves de mis tarjetas mientras habla por teléfono.

Sin pensarlo mucho le confieso las claves de mis tarjetas. El sujeto las repite varias veces por teléfono a sus cómplices.

El marero viene hacia mí y con una patada me comienza a gritar: “Mirá bicha puta… Si una puta tarjeta no pasa, te vas a morir. Dame los números que son y no jugués con tu vida que a nosotros nos vales verga. Ya tenemos el carro, las computadoras, tu dirección, sabemos quién sos. Lo tenemos todo, todo «.

Aún no termino de entender lo que pasa, pero ya se me están saliendo las lágrimas. Siento la garganta reseca y estoy temblando sin poder controlarme. Miro alrededor y solo veo las paredes de láminas y el piso de cemento.

En una esquina veo unas manchas de sangre que ya están secas, sigo viendo y descubro unos cabellos con sangre marchita. Hay ropa amontonada, herramientas, palas, azadones y unos corvos. Esto no está bien, me digo: “Dios, esto no me puede estar pasando”, y comienzo a recordarme partes del salmo 91.

“El que habita al abrigo del Altísimo, se acoge a la sombra del Todopoderoso… Podrán caer mil y diez mil a tu derecha, pero a ti no te afectará”, pienso.

No sé cómo, pero mientras sigo con mis oraciones, empiezo a escuchar la voz de mi abuela. Oigo sus palabras y las repito; escucho la voz fuerte y ronca de mi viejita rezando. Su voz me sostiene. Siento que tomo sus manos arrugaditas y calientes y no me dejan solo… Sí, eso siento, aunque mi mamita ya está muerta, la siento que está viva y está conmigo.

A los minutos se acerca otro pandillero y me interroga: «Vos, sapo hijueputa. Le avisastes a alguien que te agarramos?”.

“No, no, a nadie. Nadie sabe nada”, respondí sobresaltado, mientras siento que voy a vomitar el corazón.

“No mintás, que ese teléfono hijueputa no deja de sonar”, me contestó.

Llegan otros pandilleros y me rodean: “Te me vas a la mierda perro, que no te hemos hecho nada. Eso que has dado es una colaboración con el barrio… ¡Arre, arre! ¡Volá hijueputa!”, me ordenan.

Me agarran y me dan patadas. Me arrastro hacia el carro y siguen dándome golpes y patadas. Uno de ellos llegó hasta la ventana, me tiró las llaves y comenzó a darle patadas al carro: “Andate mierda, andate y no volvás”,

Solo me acuerdo que comencé a salir rápido y en segundos estaba de nuevo frente al centro comercial de la Zacamil, vuelvo a ver a los vendedores subiendo y bajando de los buses, algunos rodean más carros.

Como pude salí de esa calle maldita de Mejicanos. Sólo me acuerdo que aceleraba y aceleraba. Sentía que unos carros me seguían, me pasé unos semáforos en rojo. Corría y corría, lloraba llamando a mi abuelita… en un redondel no pude seguir y paré en una gasolinera, estaba desorientado.

Han pasado varios días desde que los criminales casi me matan, pero aún lloro de rabia e impotencia. Juro que no regresaré a esa zona maldita de la Zacamil y nadie debería pasar por allí, a nadie más le debería pasar esto.

Allí están los pandilleros con delantales, los ladrones, sus cómplices, los testigos, la gente que vio que se subieron a mi carro y me secuestraron… pero nadie me ayudó, nadie le avisó a la policía.

http://cronio.sv/nacionales/9441-testimonio-ciudadano-la-calle-maldita-de-la-zacamil